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El corazón de la huerta

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Moncada - Valencia

 

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El archipiélago que tiene como eje la carretera de Montcada es una geografía todavía con huerta de la buena, menos troceada y vendida en lotes que en otras partes, un espacio qu

 

Emili Piera

Viniendo, en bicicleta o en coche, de Godella o de Alboraia, he acabado muchas veces en los Poblados del Norte, una mera categoría administrativa, pero un nombre capitular con algo involuntariamente lírico y soñador. Nunca supe muy bien dónde estaba, si más al norte o más al sur, lo confieso: me faltaba el eje. El otro día lo descubrí en la carretera de Montcada: la tomas, por ejemplo, a partir de Hermanos Machado, y ya tienes el espinazo y la distribución nerviosa: primero, a la derecha, Carpesa; luego, Poble Nou; después, Borbotó, y finalmente, Benifaraig.

En alguno de ellos estuve en mis tiempos de reportero. En Borbotó, quizá, porque el pueblo se había levantado contra la conexión de su red propia a la de aguas potables de la capital. Tampoco en Carpesa estuvieron muy de acuerdo con la depuradora junto al Carraixet, porque, decían, caía cerca de una escuela; pero en l´Horta todo es contiguo y apretujado, y la metrópoli no suele tener muchas contemplaciones a la hora de arrollar a los pequeños en busca de su propia comodidad, empezando por la mera absorción.

Pero aquí hay huerta de la buena. Menos troceada y vendida en lotes que en otras partes, y lo dice ahora la coliflor, flor de nieve, y la col, de morados saturninos y alucinantes en nuestro invierno poco adusto, casi sonriente. Benifaraig crece un poco; Borbotó y Carpesa envejecen muy, muy despacio, y solo Poble Nou pierde población, aunque tiene muy cerca l´Alqueria del Pi, una de las mejores. Y visitable: es un restaurante.

Carpesa tiene un magnífico caserío de ladrillo macizo: hubo buenas cosechas en alguna época aún de buen gusto y se invirtió con cabeza. Y, como mi pueblo, tienen a Abdón y Senén, Els Sants de la Pedra, San Roque y el recuerdo del Temple. Parroquia y ermita son de traza noble y buenos materiales, y el santo peregrino vive rodeado de un jardín de elegantes cipreses, un lujo. Si siguen por ese camino, se perderán en la Huerta, quizá sea lo mejor.

Pero yo he de volver sobre mis pasos, atravesar Poble Nou (he de volver a su iglesia) y llegar a Borbotó, donde también destaca el templo de Santa Ana, pulcramente pintado y mantenido, y, en la misma plaza, en la fachada de un estanco, hay una estampa cerámica de la Trinidad, qué sería de los dioses sin su ración de incienso, aunque sea con nicotina.

Benifaraig es la isla más grande de este archipiélago huertano, barroco por necesidad y donde, como diría Manuel Vicent, ni el más impúdico gañán es la mitad de desvergonzado que las desbocadas hortalizas en las que algún clérigo furioso siempre vio, con razón, amenazas a la virtud. La última vez que la bici me trajo aquí, había una tribu descamisada y espatarrada que celebraba almuerzo festivo con una música de frenesí enlatado. Su iglesia en honor de María Magdalena, ya que entramos en el capítulo carnal, es muy interesante, con un campanario tardío, pero bien adosado. Y la Casa de la Serena, alquería renacentista fabulosa, con jardín de árboles gigantes y muro de mampostería, no puede, no debe perderse. Pasa un paisano con un basquet de naranjas frescas.

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